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lunes, 9 de febrero de 2015

Padre



La brisa fresca de media tarde hacía vibrar las pequeñas hojas de los abedules. La hierba, de aroma embriagador y tacto suave, acariciaba las piernas y los brazos de la pequeña. Ella se sentía feliz, como un pájaro encarcelado que es liberado de nuevo y bate las alas en busca del cielo, un cielo azul y claro. El susurro de las pequeñas olas del lago la adormecían, como un cuento que llegara a sus oídos y le permitiera hundirse en los sueños.

Su madre la llamó desde el embarcadero. 
La pequeña abrió los ojos y se incorporó, apoyando sus blancas manos en el frondoso suelo y colocándose de rodillas.
-Ven, cariño, mira lo que hay aquí - dijo mientras observaba el agua. Se      agachó y se puso en cuclillas.
- ¿Qué ves, mami?
- Corre, ven.
Y así, se levantó.
Sus pies, descalzos, notaban la humedad del barro entremezclado con el forraje. Corría con los brazos hacia atrás, efusiva, pensando en el grandioso verano que tenía por delante; con ellos dos, sus padres. Se colocó junto a su madre y le puso la mano en la cabeza. A ella siempre le gustaba jugar con el pañuelo rosa que llevaba en ella, aunque nunca entendía el por qué se lo colocaba. Su cara era hermosa, de piel blanca y llena de pecas. Sus ojos, como el azabache: negros y brillantes. No comprendía por qué ensombrecía su tez con aquel complemento.
- Mira los peces de colores - dijo la madre -. Son bonitos, ¿verdad?
La pequeña asintió.
-  Se los enseñaré a papa. - Se giró y anduvo unos pasos fuera del muelle de madera, terreno áspero que le hacía sentir cosquillas en las plantas de los pies- . ¡Papá, mira lo que ha encontrado mamá!
Pero cuando se giró, ella ya no estaba. Había desaparecido. Ahora solo quedaba el sonido del viento, el del agua ondulada… el de la soledad. Y entonces, el cielo se nubló, unas nubes negras que lo encapotaron todo y que comenzaron a llorar. Ella volvió de nuevo la mirada hacia el embarcadero, buscándola, y otra vez hacia el horizonte, donde su padre yacía ahora de pie, mirándola. Sus mirada ya no era alegre, pues la tristeza inundaba su rostro, lo consumía. 

La pequeña cerró los ojos. Al abrirlos, un nuevo escenario apareció ante ella. Estaba en la puerta del colegio, agarrada de la mano de su padre, el cual seguía triste, melancólico. Sus párpados se cerraron, mostrando ahora una fiesta llena de niños, con globos y golosinas. Su padre estaba mayor, parecía agotado, sin ganas de seguir. Una piel que era reflejo de los años, del trabajo, del sufrimiento y de la pérdida.
Y así fue ocurriendo: con cada parpadeo, una nueva escena, distinta atmósfera. Todo cambiaba: su cuerpo, su cara, su ropa… Se iba haciendo mayor, alcanzando metas, recopilando vivencias. Y todo, junto a su padre, aquel que nunca la abandonaba. Volvió a recordar el lago, el muelle, el olor de la hierba y la frescura del viento; recordó a su madre, su tacto, su perfume. Y despertó. Las imágenes iban adquiriendo claridad, pues se encontraba en una sala iluminada por grandes lámparas blancas. Levantó la cabeza y observó la cama que tenía delante, donde reposaba el cuerpo de un hombre. Era su padre, el cual, sintiendo que se movía, le apretó la mano, le sonrió y luego dejó de respirar.
-  ¿Papá?
En ese instante, las lágrimas humedecieron su cara, recorrieron su cuello como gotas de rocío que bajan por los pétalos de una rosa. Acarició la mano del que fuera su compañero, su estandarte, su pilar. Aquel que le había hecho entender el porqué de todo aquello. El que le había explicado donde estaba su madre. Ese que le prometió que jamás dejaría de estar a su lado hasta el momento de su muerte.
Entró en ese momento un médico para mirarle el pulso. Hizo una mueca de tristeza y acarició su hombro. 
- Lo siento mucho - dijo, para después taparlo con una sábana. 

La joven se levantó y caminó hacia la venta. La abrió e inspiró todo el aire hasta llenar sus pulmones de un aire fragante, húmedo, de olor a lluvia. Volvió a cerrar los ojos, dejando que su mente le otorgase un último recuerdo: sus padres, su risa, los tres sentados en aquel embarcadero de madera.

Autor: Francisco José Ayala Espinosa (@FAyalaEspinosa)

"Llegará un día que nuestros recuerdos serán nuestra riqueza"
 Paul Géraldy 





      

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