Esa mirada gélida e impenetrable, esos ojos azul eléctrico, desafiantes y amenazadores,
que eran el escudo perfecto para esconder aquello que no quiere mostrar a nadie….
Aparcó el coche delante de la oficina bancaria, sería el encargado de solventar
el agujero negro que había dejado su antecesor a causa de las aberrantes operaciones inmobiliarias realizadas y como pago a su nefasta gestión había
obtenido un ascenso en su carrera junto a un más que generoso sueldo nada
merecido. Él sabía que ese destino era un castigo por no cumplir los objetivos de
ventas de productos financieros basura y por conceder créditos los pequeños
comerciantes del barrio para evitar que éstos tuvieran que cerrar sus puertas; el hecho que la tasa de morosidad de su
oficina fuera de las más bajas, nunca se tuvo en cuenta.
Al entrar por la puerta, todos los empleados sabían quién era; todos
desviaban la mirada al ver aquellos ojos azul eléctrico. Enseguida notó el
miedo y el nerviosismo en cada uno de ellos, la palabra ERE corría como la
pólvora por todas las oficinas. Se presentó y saludó a cada uno de sus empleados
de una forma fría e impersonal. Le enseñaron donde estaba su despacho y se
dirigió a él cerrando la puerta. Se sentó en la silla y encendió el ordenador
para mirar el plan de trabajo del día. No había traído ningún objeto personal
para romper la monotonía y la frialdad de la decoración, sabía que no iba a
estar mucho tiempo allí.
La primera visita que tenía programada era una pareja de treintañeros,
ambos con un trabajo solvente. Miró su
expediente, impago de un crédito para realizar un viaje alrededor del mundo, otro para la compra de un vehículo que
el mismo no podía pagar y la hipoteca de una majestuosa casa con un precio
desorbitado con unas cláusulas abusivas que sólo un idiota mal informado
hubiera firmado. Hizo sus cálculos, y después de comprobar que podrían vivir dignamente sin el derroche y despilfarro que hasta hace poco habían llevado, puso su expediente en la pila de ejecución hipotecaria, haciendo caso omiso a sus lloros, súplicas
y lamentos.

La tercera visita era el propietario de una pequeña empresa de servicios de
mantenimiento y limpieza. Y recordó donde había visto el nombre de la misma, en
los uniformes de los empleados que realizaban la limpieza del polideportivo
municipal al cual acudía tres veces por semana. Escuchó atentamente las
explicaciones nerviosas del empresario del porque necesitaba una ampliación de
su póliza de crédito. Examinó la documentación presentada y observó que las
dificultades de financiación de la empresa se debían a la falta de pago por
parte del Ayuntamiento de las facturas surgidas por el contrato de servicios firmado por ambas partes para la limpieza del polideportivo. Además de acceder a
la ampliación de la póliza de crédito, llamó a un amigo suyo que formaba parta del
equipo de gobierno municipal para ver si podía desencallar el pago de dichas
facturas.
Y llegó la hora del fin de la jornada laboral, y hubo una desbandada
general, tampoco los podía culpar de nada, nadie les iba a agradecer ni pagar
las horas de más efectuadas. Él se quedó un rato más para acabar la
documentación necesaria respecto a las decisiones hoy tomadas. En cuanto subió al
coche se quitó la corbata y condujo en dirección a su casa. En cuanto abrió la
puerta esa mirada gélida se transformó en otra vivaz y llena de alegría al ver
aquel niño de tres años que corría con los brazos en alto en busca de un abrazo
al grito de papá. Su mujer lo estaba esperando con una sonrisa radiante pintada
en la cara y le dijo: “Lo has conseguido”. El trabajo de contable en aquella
pequeña empresa era suyo. Sus ojos azul eléctrico siempre desafiantes cambiaron
a una tonalidad azul celeste que
detonaban la serenidad y tranquilidad que de repente sentía…. La felicidad rara vez depende de acumular más y más riqueza.
"¿Que hace falta para ser feliz? Un poco de cielo azul sobre nuestras cabezas, un vientecillo tibio, la paz del espíritu".
André Maurois
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