Cuando escuchó sus palabras algo
se rompió por dentro. No estaba preparado; ni nadie lo estaría. Porque cuando
alguien se entrega a corazón abierto no espera límites ni dudas, explicaciones
ni partituras, solo caminos por descubrir juntos, sin más fronteras.
Había sido largo. Más de lo que
nunca hubiera pensado…
Un viaje difícil y solitario como
no recordaba. Nada es más complejo que andar buscando algo que nunca sabes cómo
ni cuándo aparece; en ese éxodo interior en el que nunca hay norte ni guía. Y
cuando surge, cuando de pronto una mañana se cruza en tu vida, todo se torna de
otro color pero te vuelve transparente como no recordabas. Vulnerable. Abiertas
de par en par todas las puertas, sin más cerrojos que la confianza. En mitad de
ese dolor dulce y nuevo, como habías olvidado; realmente como nunca habías
sentido.
Y así se hallaba. Suavemente
perdido en su mirada. Esa que dolía.
Construir aquel amor no le había
costado nada. Surgió solo entre la muchedumbre de horas y silencios, lento y
raudo al mismo tiempo. Calma y ciclón a la vez. Ternura y pasión por igual. Tan
íntimo, tan distinto. Tan difícil de hacer entender a nadie, incluso a ella
misma; que nunca se había sentido igual. Porque nada es más verdadero que lo
que no puede expresarse con palabras, ni más íntimo e intransferible.
Y ahí estaba yo, correteando de
un lado para otro como si no hubiera un mañana. Al final me paré en el comedor
para mirar el reloj… Las nueve menos cinco ¿Solo? ¿Cómo era posible? Salí por el pasillo y me puse a correr de
nuevo, estaba tan nerviosa, y llegué a
la cocina, me me relamía del olor que
había en toda la casa. Mi madre al verme llegar como una loca, me preguntó que qué
pasaba y yo dentro de mi histeria acerté a decirle que el tiempo no pasaba, un
minuto duraba demasiado tiempo a lo que mi madre me respondió “deja de mirar la hora, si estás demasiado
pendiente se te hará eterno, entretente con algo y pasará rápido” ¿Entretenerme?
¿Con qué? Si todos mis deseos comenzaban esa misma noche…
Me senté en mi sofá y mi cabecita
empezó a preguntarse si habría sido suficientemente buena; si no podía
dormir ¿me quedaba sin nada?; ¿me traerían todo lo que quería?; en el saco tan
pequeñito que llevaban era imposible que entraran los regalos de todos los
niños, sabía los deseos de todas mis amigas, cinco bicicletas, muchas muñecas,
libros… demasiadas cosas para sus sacos tan pequeñitos… Y cuanto más pensaba,
peor me ponía. Igual ahora estoy dormida y estoy soñando y ha
llegado la hora de verlos y no puedo despertarme y para comprobarlo me pellizque
para estar más segura ¡Aauchhhhhh, pues sí que me duele! Entonces mi padre giro
la cabeza preguntándome que que hacía, y
yo le dije “nada, dándome un pellizco”. Mi padre sonrió pensando que su hija estaba
un poco loquita. “Vale estoy despierta,
eso ya lo se”, volví a mirar el reloj, eran las diez, al final mi madre tenía
razón ,como siempre, aunque no era una noche para pensar en eso. Bien, a menos
horas de mis deseos
“¡A cenar!”, dijo mi madre desde
la cocina, pero con mis nervios no podría comer nada pero cené mucho, como
solía pasar siempre, ahora ya sentía dos cosas llenas, la barriga y la cabeza. Me
metí en la cama, mientras a lo lejos se oía la voz de mi madre diciendo “¡Duérmete! ¡Duérmete!” y yo lo intentaba con todas
mis fuerzas pero mis regalos estaban a punto de llegar.... Parecía que solo habían
pasado tres minutos y al abrir los ojos dije “¡Los Reyes Magos!” y salté de mi
cama y salí corriendo hacia el pasillo como una loca, con y una sonrisa en la
cara. Llegué al comedor y allí estaba yo
con esa misma sonrisa frente al espejo
pero con la diferencia de unos años encima. A medida que el tiempo camina, se
desvelan casi todos los entresijos de la vida, entre ellos el de la Navidad y este
año me habían regalado volver a sentir la magia de aquel entonces. Los deseos
no mueren mientras guardes en tus pupilas la magia de la niñez, sigue soñando,
sigue luchando y seguirás viviendo…. Y sobre todo que nuestro niño interior nunca debe dejar de existir.