Hoy es 25 de noviembre, día internacional contra la violencia de género, instaurado por la ONU en 1999 en honor a las hermanas Mirabal (Patricia, Minerva y Mª Teresa), tres activistas
políticas dominicanas, brutalmente asesinadas por la policía siguiendo
órdenes directas del dictador Rafael
Leónidas Trujillo. Hoy es un día de números, datos, y estadísticas, que ponen de manifiesto que la violencia contra la mujer
es una lacra social difícil de erradicar, una pandemia mundial que se nutre de
la discriminación y la desigualdad por razón de género que aun hoy persiste tanto en las leyes como en la sociedad. Y entre los muchos datos que hoy se podrán leer, está el aumento de la violencia de género entre los adolescentes, de las situaciones de abuso y dominio que sufren muchas jóvenes donde las nuevas tecnologías juegan un papel fundamental. Son muchas las que sufren un control férreo de sus parejas de través del teléfono móvil,
controlando cada uno de sus movimientos y recibiendo amenazas e insultos a
través de las redes sociales, y en estos casos ayudan más bien poco las típicas expresiones románticas que las adolescentes tienen como paradigma del amor, expresiones tales como “los celos son una demostración de amor”, “sin ti no soy nada”,
“eres mía y de nadie más” y que tan manidas estan en nuestra sociedad.
Y mientras uno lee las noticias que hoy se publican sobre el aumento de las agresiones en el ámbito familiar producto de la crisis económica que nos azota y que la disminución en el número de denuncias no se debe a otra cosa que al
miedo que tienen muchas mujeres a denunciar a sus parejas al depender económicamente de ellas, por la radio suenan supuestas
canciones de amor cuyas letras son odas a amores tormentosos, a relaciones tóxicas, a pensamientos suicidas ante la posibilidad del abandono, al dolor de una ruptura y la consecuente culpabilización por la misma. Estos son los temas de los que tratan muchas de las canciones que escuchamos, algunas nos las sabemos de memoria y las canturreamos sin pensar demasiado en el mensaje que transmiten; mensajes de como uno debe someterse a la voluntad de aquel al que se ama,
al cumplimiento de sus deseos para evitar que nos deje, en convertirnos en otra persona, transformanos en aquello que anhela simplemente para que nos haga caso... sin pensar que estamos transmitiendo la siguiente idea: complácele y te amará, el ser amado
es lo más importante, tu eres el resto, lo insignificante.
Sentada en la silla de la cocina con todo preparado como a él le gustaba, masticaba el aterrador silencio que anticipaba el horror, solo violado por el constante tic-tac del segundero del reloj de pared, que cada vez parecía ir más deprisa hacia la hora que marcaba su inevitable llegada. Conforme el minutero avanzaba, el palpitar martilleante de su corazón y su respiración cada vez más rápida y superficial, amenazaban con ahogarla.
En estado de alerta ante cualquier ruido que pudiese denotar su presencia, repasaba una y otra vez que no se hubiera olvidado de nada y que nada estuviera mal. Suspirando para atrapar ese aire que parecía tan denso como la lejía que encallecía sus manos, cerró los ojos un segundo y vio su imagen años atrás, cuando aún se sentía viva.
Era el hombre perfecto y el amor que le profesaba parecía caído del mismísimo cielo. Algo introvertido, sí, pero eso le hacía aún más interesante y atractivo. Se casaron una bonita mañana de primavera en una pequeña iglesia con apenas unas cuantas decenas de invitados, pero al menos para ella, fue una boda de cuento de hadas, un espejismo del cuento de terror en el que su matrimonio se convertiría un par de meses después.
Me deje envolver por tus redes…. Sin saber que serías tóxico para mí.
En mi pupila se quedó grabada tu imagen nada más verte; fuiste capaz de
desarmar mi armadura, aquella coraza que casi nadie podía penetrar. Tu voz, tus
gestos, tu mirada, tu boca, todo tú… me hiciste tu prisionera. Tus palabras
eran dogmas para mí, tu presencia un regalo divino; el poder tenerte, el maná del desierto en el que peregrinaba. Poco
a poco me despoje de todo aquello que yo era, hasta convertirme en aquello que tú querías.
Me transformé en un perro sumiso a la voz de su amo, en un débil junco que se
mecía al vaivén de tus volubles cambios, en el punching que recibía todos los
golpes de tu ira verbal, en aquella que santificaba y redimía todos tus
pecados…. Y siempre haciendo oídos sordos al eco de las voces que me decían que
tú eras tóxico para mí.
Tenía los ojos muy oscuros… eso y aquella mirada tan profunda, le hacían parecer un hombre muy interesante. Su barba de dos o tres días le daban un aspecto desaliñado pero intencionado; lo conjuntaba con un corte de pelo que complementaba una imagen muy varonil. Aquellos tejanos desgastados, la camisa abierta sobre una camiseta negra. Ah…eso si, había algo que no cuadraba, aquellos zapatos relucientes y a la vista, bastante caros. Miré a los míos, mis Converses parecían venir de una batalla.
Eso fue lo que me atrajo de él. Lo vi por primera vez en la gelateria que está cerca de la Piazza della Signoría… si, en Florencia. Ambos esperábamos a que nos atendieran. Pude percibir como él estaba haciendo lo mismo, me estaba detallando. Cuando se dirigieron a él para preguntarle lo que deseaba, respondió “primero la señorita” -¡Oh Dios, era español! Le sonreí y pedí. Al irme, me giré y le di las gracias. Caminé hacia la plaza, necesitaba hacer tiempo para entrar a la Academia, cuando ya no hubiese colas y menos gente dentro del museo. Es una sensación indescriptible comer un helado debajo de la réplica del David de Miguel Ángel, es aún más indescriptible, sentir que alguien te está mirando y suponer de quién se trata o, quizás, era lo que yo estaba deseando.
Quería tomarme todo mi tiempo para hacer la visita. Me gustaba viajar sola, a mi aire, haciendo lo que me apetecía en cada momento. Había planificado tanto aquel viaje, había ahorrado tanto, privándome de cualquier capricho, que no podía perderme ningún detalle. Paseaba admirando todo lo que iba apareciendo ante mis ojos. Yo misma, con toda intención, estaba retrasando el momento de encontrarme ante el David, el original, el que había salido de las manos del escultor. Llegué a él y allí quedé clavada al suelo ante él. Después de un rato, sentí como alguien se paraba a mi lado, haciendo lo mismo que yo, admirando. No me di cuenta de quién era hasta que me dijo “es lo más perfecto dentro de la imperfección” Allí estaba y con toda seguridad, no era una casualidad. El recorrido que restaba lo hicimos juntos. Él, como si conociera de memoria cada rincón del museo. Terminamos cenando en una Trattoria frente al Duomo. No podía ser más agradable la noche; el decorado, las velas, un Chianti exquisito y Miguel, que resultó ser aún más interesante y divertido que lo que había intuido. Hablamos de tantas cosas, que el tiempo desapareció y llegó casi la medianoche. Como todo un caballero, me acompañó hasta mi hotel. Nos despedimos, no sin antes, darnos los números de teléfono.
Me levanté temprano, tenía que coger el tren a Siena para pasar allí la mañana y luego seguir, en autobús hasta San Gimignano. Me senté a desayunar en una pequeña mesa, casi oculta por una columna. “¿La puedo acompañar señorita?” fue tanta la impresión que tuvo que reflejar mi cara que, él soltó una sonora carcajada. Me contó que una vez que yo había desaparecido en el ascensor preguntó al recepcionista si tenía habitaciones libres y esa misma noche había cambiado de hotel. Miguel tenía un coche alquilado y a partir de ese momento, comenzó realmente el viaje que había soñado. Recorrimos La Toscana en toda su extensión, con él no solo vi los paisajes verdes que tanto había visto en imágenes y que me parecían inalcanzables, visitamos rincones mágicos y muy románticos, viví los días de amor más hermosos que mi memoria atesora. Todo era como un sueño, todo era ideal, tanto, que decidimos no volver a separarnos.
Se terminaron aquellos maravillosos 17 días y regresamos a España. Arreglé todo en mi ciudad, metí mis trapitos en una maleta, me despedí de la familia y amigos y me fui a prolongar aquellos días de amor junto al Miguel que había conocido en Florencia. Era un prestigioso abogado en su ciudad. Tenía un status social bastante alto y se codeaba con gente muy importante. Ya no lo volví a ver vestido de la forma informal que lo había conocido, ni siquiera, en algún fin de semana. Su imagen era imponente además de elegante. Entre todas sus actividades estaban las cenas y recepciones a las que era invitado y a las cuales comencé a ir con él. Dejé en el armario mis tejanos, camisetas y zapatillas deportivas, todo fue sustituido por elegantes vestidos de marca, glamurosos trajes de noche y siempre… tacones de vértigo.
Al principio, la novedad no me importó, yo solo quería estar con él. Con los meses empecé asentirme muy triste y desubicada, yo estaba acostumbrada a moverme en ambientes de arte y sobre todo, a no sentirme limitada por ningún tipo de apariencia. Miguel pasaba todo el día en el bufete y yo quería volver a trabajar. Él me pedía comprensión y me decía que no desesperara, que no tenía ninguna necesidad de trabajar estando con él. Una mañana me llamó desde su bufete y me dijo que nos encontraríamos en un Restaurante del centro para comer juntos. Yo no tenía ganas de vestirme de señora, por lo que me puso unos tejanos con una camiseta blanca y unas manoletinas. Cuando llegué, ya estaba él sentado pero, no solo, le acompañaba una pareja. Me acerqué a ellos y cuando Miguel se giró, me miró de arriba abajo y pude ver una mueca en su cara. Estuvo muy incómodo y cortante durante toda la comida, a pesar de que yo intentaba parecer muy agradable y correcta. Terminada la comida, me fui a casa y a los pocos minutos de llegar, me llamó él; su primera expresión fue: “¿por qué has ido a comer como si fueras al mercado?” “ tienes ropa suficiente como para vestir como debes, lo sé, porque yo la he pagado”.
No le respondí nada. Colgué el teléfono, estuve un rato con la mente casi en blanco, recostada en el sofá, encendí un cigarrillo y me dije “cuando haya terminado de fumarlo, tomaré una decisión”. Terminé de fumar pero, aún no sabía qué hacer. Le amaba y sabía que él me amaba a mí, pero sabía que si permitía que me tratara de esa manera una primera vez, ese amor se convertiría en sometimiento por mi parte y dominio por la suya . Miré alrededor y entonces, posé mis ojos en el armario del pasillo que estaba medio abierto. Vi mis viejos Converses… esa era la respuesta. Me los calcé, recuerdo que sonreí y recordé lo que yo había sido antes de entrar en aquella casa. Me fui, solo le dejé una nota:
"Hoy he comprendido que unos tacones no me hacen más alta en mi autoestima, me gusta sentir el suelo cerca de mis pies"
Nuria
"No hay mejor medida de lo que una
persona es que lo que hace cuando tiene completa libertad de elegir".
"Dios susurra
y habla a la conciencia a través del placer, pero le grita mediante el dolor: el dolor es un
megáfono para despertar a un mundo adormecido"